Por: Lic. Juan Taveras de Oleo
Las crisis son oportunidades para crecer, aprender y reinventarnos.
De esto no podemos salir igual; debemos salir siendo mejores.
La crisis incomoda. Sacude. Rompe estructuras. Nos confronta con nuestras debilidades y nos obliga a mirar lo que antes evitábamos. Sin embargo, también revela fortalezas que no sabíamos que teníamos.
La Palabra de Dios nos enseña en el Epístola a los Romanos 5:3-4 que la tribulación produce paciencia; la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza.
Es decir, el proceso doloroso no es inútil. Está formando algo dentro de nosotros.
Desde la psicología sabemos que los momentos de mayor crecimiento personal suelen nacer de experiencias difíciles. A esto se le conoce como crecimiento postraumático: la capacidad del ser humano de reconstruirse después de la adversidad.
No es negar el dolor.
No es minimizar la pérdida.
Es decidir que el sufrimiento no tendrá la última palabra.
En el Epístola de Santiago 1:2-3 se nos invita a considerar como gozo las pruebas, porque producen perseverancia. No porque la prueba sea agradable, sino porque el resultado puede fortalecernos.
Esto no nos va a vencer.
Esto nos hará más fuertes.
Cada crisis es una invitación a revisar prioridades, fortalecer nuestra fe, sanar heridas emocionales y desarrollar resiliencia. Podemos salir amargados o podemos salir maduros. Podemos salir derrotados o podemos salir transformados.
La decisión es nuestra.
Hoy más que nunca necesitamos entender que las crisis no llegan para destruirnos, sino para redefinirnos.
Y si caminamos con Dios en medio del proceso, no saldremos iguales… saldremos mejores.







Publicar un comentario